Gustavo Poyet, un box-to-box con alma de delantero

Charlamos con Gus Poyet, uno de los centrocampistas más goleadores de la historia de la Premier sobre su etapa como jugador y entrenador en Inglaterra

Entrevista realizada por Alberto Arilla y Bernardo Mayayo.

Es un martes cualquiera de noviembre. Las agujas del reloj marcan las 9.47 a.m. en Londres cuando nuestro invitado nos da el último OK antes de empezar la entrevista. Descolgamos el teléfono y al otro lado nos recibe Gustavo Poyet, con el que pasaremos los siguientes 95 minutos de esta fría mañana otoñal. Poyet es un tipo sencillo y tranquilo. Habla de Gianfranco Zola con la naturalidad propia de un amigo. Nadie diría, si no le conociera, que detrás de ese marcado acento uruguayo se esconde uno de los mejores box-to-box de la historia de la Premier.

Gustavo aprendió a jugar al fútbol en las calles de Montevideo en la década de los 70. Una época, dice, en la que «estaba permitido pasar mucho tiempo en los parques». Tal fue su flechazo con ese juguete esférico, que años después tuvo que llegar a un acuerdo con su madre para que le dejara salir pronto si terminaba sus tareas: «Después de clase, comía algo, hacía los deberes y a la calle. Fútbol y fútbol y más fútbol». Fue en los barrios de la capital uruguaya donde Poyet forjó esa personalidad tan aguerrida que le acompañaría el resto de su carrera. Tras una breve experiencia en el Grenoble francés regresó a su ciudad con la fama de «jugador caro». Nada más lejos de la realidad. «En Francia crecí mucho en lo personal, pero futbolísticamente no me fue bien», reconoce sin ningún tipo de pudor.

Un año después Poyet volvió al viejo continente. Esta vez, de forma definitiva. Zaragoza le abrió sus puertas, y, pese a llegar de relleno (como él mismo reconoce), pasó siete años que marcarían el resto de su vida. Especialmente el 1995, el mejor curso de su carrera deportiva: «Ese fue el mejor, sin duda. En mayo gané la Recopa en París, y al mes siguiente estaba levantando la Copa América en Montevideo. En ese momento te sentís invencible». Pese a su dilatada trayectoria como centrocampista, sus inicios fueron como delantero centro. Fue precisamente en su segundo año en la capital maña donde tuvo que cambiar esa forma de jugar: «Pasé de jugar de espaldas al arco a tener que hacerlo de frente. Me costó más de un año adaptarme». Tras su paso por España, en 1997 apareció la figura de Ruud Gullit, quien le convenció para firmar por el Chelsea inglés.

Para contextualizar, el fútbol inglés de finales del siglo XX estaba cambiando. La Ley Bosman, aprobada en 1995, facilitó que decenas de jugadores y entrenadores extranjeros llegaran a las islas británicas, provocando una apertura a otras ideas de juego y dejando a un lado el característico estilo británico de fútbol directo y pragmático. Ruud Gullit fue uno de esos revolucionarios. Un ídolo en Holanda e Italia, bicampeón de Champions con el Milán de Arrigo Sacchi y Balón de Oro, que llegó a Stamford Bridge justo ese año. Primero como futbolista y luego como jugador-entrenador (fue el segundo técnico no británico de Premier, por detrás de Arsène Wenger), ganó la FA Cup de 1997 y sentó las bases de un Chelsea que comenzaba a mirar a Europa.

Gustavo Poyet en su presentación como jugador del Chelsea. PREMIER LEAGUE

Pregunta. ¿Cómo vive esos años, en los que coincide su llegada a Inglaterra?

Respuesta. Quiero aprovechar para agradecer otra vez a Bosman lo que hizo, pese a los problemas que ha tenido después fuera del fútbol. En mi caso, hay que recordar que los uruguayos y los españoles tenemos una relación muy estrecha, pues un porcentaje grande de españoles emigraron a Uruguay tras la Guerra Civil española. Por ello, tenemos una fórmula más sencilla para lograr la doble nacionalidad. Con la Ley Bosman se abrieron una gran cantidad de puertas. Yo estaba muy asentado en Zaragoza, mis hijos nacieron allí y estaba muy bien en la ciudad y en el equipo. Sin embargo, surgió la oportunidad del Chelsea y comencé a informarme. Vi que estaban Gullit de entrenador, Gianfranco Zola, Gianluca Vialli, Di Matteo, Petrescu… y empecé a plantearme, con 29 años, si era el momento de cambiar. En ese momento sucedieron varias cosas: en primer lugar, lo económico. En mis primeros cuatro años en Zaragoza no gané demasiado dinero, y cuando renové en 1994 me subieron el salario, pero no lo que yo creía que merecía. En Inglaterra, sin embargo, el sueldo era muy superior. Llegó el Chelsea y me cambió la vida, pues tuve que afrontar un cambio muy grande, tanto a nivel personal como profesional. Tenía que salir de mi zona de confort y empezar de cero. También influyó Nayim, que me dio ese último empujón. Me habló maravillas de Inglaterra y su fútbol.

P. Nayim precisamente vive un poco su historia a la inversa, ya que él tuvo que labrarse su carrera en Inglaterra para tener la oportunidad en España, y usted hace el camino contrario.

R. Nayim me habló de todo, de lo bueno y lo malo. Cuando me contaba todo lo que no podía hacer allí, yo decía: «Pero, ¡dónde voy, si no puedo hacer nada! (Risas). Era otra mentalidad. Por el contrario, también me comentaba: «Cuando juegues las noches de fútbol total inglés, con las vallas cerca del césped, vas a alucinar». Yo me lo imaginaba en mi cabeza y no podía decir que no. Con 29 años fue un cambio muy grande, pero me dio una cantidad de cosas para el futuro muy importantes.

Gustavo Poyet celebra un gol con sus compañeros. PREMIER LEAGUE

P. En la temporada 97-98, nada más firmar por los ‘Blues’, tiene un percance físico que le aleja varios meses de los terrenos de juego. ¿Cómo afectó eso a su adaptación?

R. Todo fue muy complicado, y es muy difícil de entender si no lo vives. En Zaragoza apenas me había lesionado en siete años, solo me perdía partidos por las amarillas (Risas). Pero de repente, llegas a un lugar nuevo, donde tienes que impresionar, y a los dos meses me rompo el cruzado en el entrenamiento yo solo. Cuando te dicen que vas a estar varios meses fuera, sin apenas hablar inglés, en un sitio totalmente nuevo… te pega muy fuerte. Aproveché esos meses para aprender el idioma, sobre todo con mi recuperador. Podría enumerar a muchísima gente que me ayudó, empezando por mi familia, sobre todo mi mujer. Imagino que sería complicado aguantarme tanto tiempo sin poder jugar. En ese tiempo me pasó algo curioso: el doctor que me operó en Bélgica, un mes después, me dijo que tenía que empezar con la bicicleta estática. Me tenía que apurar, porque quería jugar en cinco meses y medio, justo para el final de temporada. Sin embargo, el club se lo tomaba con mucha más calma, y yo estaba desesperado. Cuando llamé al doctor me echó una bronca bárbara. Me dijo que cómo era posible, siendo jugador de Premier, que no pudiese comprarme una bicicleta estática. Al terminar esa conversación sentía vergüenza ajena (Risas). Hablé con el casero, y fui con mi mujer a comprármela, y así empecé mi recuperación.

Tras varios meses alejado de los terrenos de juego, Gustavo Poyet logró su objetivo y llegó a tiempo para el final de temporada. Al principio, por precaución, entró poco a poco al equipo, disputando los últimos 20 o 30 minutos. Sin embargo, en la semifinal de la Recopa frente al Vicenza le llegó su oportunidad: «Ese día no estaban disponibles ni Di Matteo ni Dan Petrescu, y Gianluca Vialli me dio la oportunidad. Jugué todo el partido y acabé destrozado». Un esfuerzo, reconoce, que mereció la pena, pues un mes después ganaba su segunda Recopa en Estocolmo, frente al Stuttgart alemán. Antes de ese final de campaña el equipo había sido capaz de ganar la Copa de la Liga, pese a que Ruud Gullit, gran valedor de Poyet, había sido relevado por Gianluca Vialli en el cargo de jugador-entrenador.

Gullit y Vialli en el Chelsea. PLANETFOOTBALL

P. ¿Cómo le influyó ese cambio de técnico a mitad de temporada?

R. Debo reconocer que la influencia de Gullit en mí fue tremenda. Él fue quien me firmó, tras verme tres o cuatro partidos con el Zaragoza. Me había visto en Bilbao, donde hice dos goles; en el Bernabéu, en un partido en el que tuve que marcar a Redondo y apenas toqué el balón; y luego en A Coruña, donde jugué un partido bárbaro. Pero la lesión lo fastidió todo, porque lo peor que te puede pasar es cambiar de técnico cuando estás lesionado, y más en aquel Chelsea, con aquella plantilla. En ese momento yo cambié el chip, pensaba que ya no me podía pasar nada más. Empecé a observar otras cosas en las que antes no me fijaba, e incluso apuntaba en un cuaderno los aspectos que me gustaban de los entrenamientos de Vialli. También los que no, para no hacerlas en un futuro como entrenador. Quería recordar lo que yo sentía como futbolista cuando el técnico tomaba algunas decisiones.

P. En lo puramente futbolístico, ¿cómo definiría aquel Chelsea y su encaje en esos esquemas?

R. Cuando llegué, la idea de Ruud Gullit era ponerme en el medio. Jugábamos con un clásico 1-4-4-2, pero con un segundo punta como Gianfranco Zola, que era un fuera de serie. En mi primera pretemporada jugué en el medio con el capitán, Dennis Wise, y Roberto Di Matteo, pero en un torneo en Holanda me pusieron en la izquierda junto a Petrescu y los dos anteriores. Cuando en el túnel veía a esos tres junto a mí, sabía que teníamos muchas probabilidades de ganar. Sin embargo, cuando me dijeron que iba a jugar en la izquierda me quedé helado. No tenía ninguna de las condiciones para jugar abierto en banda, pero acabamos haciendo un partido extraordinario por varias razones. En esa nueva posición, yo me metía mucho hacia el centro y el lateral izquierdo lo aprovechaba para desdoblar. Por otro lado, Zola bajaba mucho a recibir y caía a mucho a banda, lo que me permitía volver al medio. Digamos que en defensa jugaba en izquierda, y en ataque jugaba más en diagonal. Y como funcionó tan bien, acabé de volante por la izquierda durante los años que estuve en Stamford Bridge.

Poyet celebra un gol con Zola. PREMIER LEAGUE

P. Un volante izquierda, además, con muchísima llegada.

R. Me aproveché mucho de los laterales, tanto de Babayaro como de Le Saux, que tenían diferentes características. Dependiendo de mi lateral izquierdo, hacía una cosa u otra. Me aproveché especialmente de la vocación ofensiva de Le Saux. Nos sentíamos muy cómodos con la pelota, sobre todo contra los grandes. Íbamos a lugares como Old Trafford sabiendo que a ellos no les gustaba nada jugar contra nosotros. De hecho, creo que nunca perdí en Old Trafford. Nos sentíamos con esa capacidad de jugar, y como decía, cuando veía en el túnel que junto a mí estaban Dan Petrescu, Dennis Wise y Roberto Di Matteo, sentía que teníamos una gran chance. Y si a eso le sumas a Gianfranco Zola, los contrarios tenían un lío bárbaro (Risas). Esa confianza nos permitió ganar muchas copas, aunque nunca pudimos ganar la liga, desgraciadamente.

P. En una entrevista con este medio, hablábamos con Nayim que ese 1-4-4-2 estaba variando a un 1-4-4-1-1 con la llegada de jugadores como Cantona, Bergkamp o el propio Zola. ¿Cómo era jugar junto a Gianfranco?

R. Para mí, con permiso de Francescoli, Gianfranco Zola es el mejor jugador con el que coincidí, de lejos. Era un jugador que hacía mejor al resto. Nos aprovechábamos mucho de él. En nuestro caso, nos entendíamos muy bien tanto dentro como fuera de la cancha. Su calidad técnica compensaba muy bien con mi presencia física. Nos aprovechábamos el uno del otro constantemente. Con Francescoli, en cambio, solo coincidí doce o quince partidos en la selección, mientras que a Zola lo vi todos los días durante cuatro años. A veces llegabas a casa y decías: «‘Mamma mia’, que espectáculo». Cuando terminaban los entrenamientos, cogía el carro que hacía de barrera, que pesaba 40 kilos, y llamaba a algún portero de alguna categoría inferior, o si no podían se quedaba solo. No quiero exagerar, pero de cada diez disparos, siete u ocho iban entre los tres palos, y de esas siete u ocho, tres o cuatro iban dentro. Tenía un porcentaje de acierto tremendo. Además, tenía una visión espectacular para los tiros libres. Solía tirar por encima de la barrera, pero si veía al portero moverse, la mandaba a su palo. Hacía dudar a los porteros sobre cuándo moverse. Tenía todas las condiciones, y eran naturales: salto, agilidad, potencia, arranque y un entendimiento del juego tremendo.

P. En su segunda temporada en el Chelsea deja atrás los problemas físicos y el comienzo no puede ser mejor: ganan la Supercopa de Europa al Real Madrid en Mónaco, con un gol suyo, tras ser suplente. Además, fue nombrado MVP de la final.

R. Ese día fue un buen aprendizaje. Los jugadores de fútbol nos quejamos de todo, y siempre ponemos excusas. En mi carrera nunca fui a ver a un entrenador para preguntarle por qué no jugaba, aunque me jodía. Ese día lo pasé muy mal. Venía de hacer el único gol en la primera jornada en Coventry y de jugar bien en casa frente al Newcastle. En mi cabeza tenía la seguridad de que jugaba, pero esa mañana en Mónaco, Vialli me dijo que era suplente en la final. Menuda tarde le di a mi compañero de habitación, el ‘Chapi’ Ferrer (Risas). Pero mi actitud era esa: «Dame veinte minutos y te voy a demostrar que te equivocaste».

P. Y lo hizo.

R. No, no, pero no me des 30. Con 20 me vale. Y si me das cinco, haré todo lo que pueda para demostrarte que merecía jugar. Estaba en el banco con una calentura que no os podéis imaginar (Risas). Cuando calentaba no dejaba de mirar al técnico a ver si me llamaba para entrar, y cuando lo hice, tuve la suerte de marcar. En el gol, tras una jugada en la que no estoy demasiado acertado, quedé en una posición muy buena. Gianfranco Zola solo tenía que verme. Y Zola siempre te veía. Luego tuve la suerte de batir a Bodo Illgner, y ya vino todo. En el vestuario me vinieron a buscar para decirme que había sido nombrado el mejor jugador. Hasta me dieron un coche y pasaron todas esas cosas que no conoces hasta que te suceden a ti. Había jugadores que se lo merecían más que yo, habían jugado los 90 minutos a un nivel extraordinario, y entre bromas y ‘puteadas’ me decían de todo. Cuatro días después jugamos contra el Arsenal de local y volví a ser suplente. Cosas de los entrenadores (Risas).

Gol de Poyet al Real Madrid en la Supercopa de Europa 1998

P. Tras cuatro temporadas, cambia Stamford Bridge por White Hart Lane, pues el Tottenham de Glenn Hoddle hace una apuesta fuerte por usted. ¿Qué le lleva a dar ese paso y cambiar de aires con 33 años?

R. Yo venía siendo un jugador bastante importante en el Chelsea. Aquí en Inglaterra los goles se cuentan entre todas las competiciones, al contrario de lo que sucede en España. En mi tercer año hice 18 goles entre liga, copa y competiciones europeas, sin tirar penales ni faltas, con un rol muy importante. Al cuarto año las cosas no empezaron bien con Ranieri. Quería cambiar el club, jugar con los jóvenes, y yo veía venir que no iba a jugar. Me quedaba un año de contrato, y se estaban yendo jugadores como Petrescu o Wise. Yo tenía 33 años, no 25. Hablé con el club para que me permitieran irme, pero aquí el tema de la afición es complicado. No quieren ser ellos los que te venden, sino ser vos el que te quieres marchar. Una serie de parafernalias que hay que pasar. Pero el verdadero punto de inflexión llegó cuando Glen Hoddle vino a mi casa. No me había pasado nunca en mi carrera que un entrenador tocara el timbre de mi casa. También influyó el tema personal: no me tenía que mover de Londres, volver a mudarse la familia, etc. Mi primer año en los ‘Spurs’ fue muy bueno, el segundo no estuvo mal y el tercero fue tan malo que decidí retirarme (Risas). Ahí uno las ve venir, y en ese momento te das cuenta de que debes dar un paso al lado.

P. Aquel Tottenham era diferente al Chelsea, con dos delanteros como Les Ferdinand y Sheringham, a los que luego se sumó Robbie Keane. ¿Tuvo que cambiar su forma de jugar?

R. Tuve que cambiar mucho. Venía de jugar en un equipo que siempre buscaba tener el balón, y aquel Tottenham era un equipo un poco más inglés. Recuerdo mirar en el túnel al que hoy es mi asistente, Mauricio Taricco, que era el lateral izquierdo, y decir: «¿Dónde vine?». Los primeros quince o veinte minutos al Tottenham le gustaba lo que aquí llaman ‘turn’: una locura de ida y vuelta. Y hasta que no se calmaba, no empezábamos a jugar. Tuve que adaptarme, pero ya tenía más experiencia. En ese equipo nos costaba más ganar que con el Chelsea. Además, influían otros factores. En mis cuatro años en Stamford Bridge no me expulsaron, y aquí a los tres partidos me echaron frente al Everton por una zancadilla. Vi que tenía que tener más cuidado, ya que era un equipo que no tenía tanto el balón, por lo que había mucha más fricción y posibilidad de tarjetas. Sobre todo, debía entender el juego del equipo. Era otro sistema, y el técnico me utilizaba mucho para los cambios de sistema durante el partido. Me ponía en ciertas posiciones para que el equipo sacara ciertas ventajas. La verdad es que tácticamente aprendí mucho con Glen Hoddle.

Gus Poyet siguió marcando goles con el Tottenham. PREMIER LEAGUE

P. Revisa sus datos durante su período en Inglaterra y son muy llamativos: más de 60 goles en 200 partidos siendo centrocampista, con los problemas de rodilla de por medio. ¿Cuánto valdría Gustavo Poyet hoy en día, tal y como está el mercado?

R. (Risas) Es complicado. Yo miraba siempre año a año, nunca en global. Pero me sorprendió mucho un hecho cuando salí del Chelsea: en mi primera conferencia de prensa con los ‘Spurs’, un periodista me dijo que en 148 partidos había hecho 49 goles. Me quedé helado, no lo sabía ni yo. Era una condición que adquirí al aprovecharme de una serie de jugadores que me permitían tener situaciones de cara al gol. Es cierto que no hay muchos hoy en día con esos números, sobre todo sin lanzar penales ni tiros libres. Y más en el fútbol actual, con el VAR, que hay cien mil penales por partido. Yo creo que influyó mucho mi pasado como ‘9’, por el ‘timing’, el olfato y la suerte de cara a gol. Mi asistente siempre me recuerda un gol con el Tottenham en el que el balón da en los tres palos y el rebote me cae a mí. Como decimos en Uruguay, ¡Qué culo!, ¡Qué suerte!

P. Para los que no le hayan visto jugar, ¿con qué futbolista se identificaría?

R. Un poco más joven que yo diría Michael Ballack. Lampard también, que además se quedó mi número en el Chelsea cuando me fui. Él tenía mucha más llegada, mucho más disparo de larga distancia, y lanzaba los penales. Digamos que él era mejor que yo en el disparo, en la potencia, aunque no digo que yo tuviera mal disparo (Risas). Yo era mejor de cabeza, sin lugar a dudas. En la actualidad me gusta mucho Yangel Herrera, del Granada. Si lo pudiera dirigir lo volvería loco con todas las cosas que le podría decir. Cuando estoy en un club me gusta muy poco hablar de lo que hice yo, pero cuando tienes un jugador con tus características sería imposible no hablarle de lo que yo hacía o darle información. En el tema del desmarque, en el por qué llegar de una manera o de otra…

P. ¿Cómo definiría su carácter como jugador?

R. Yo conectaba mucho con la gente, para bien y para mal. Cada jugador tiene un rol en un equipo y dentro de ese rol cada uno tiene responsabilidades. Por ejemplo, la función del atacante es marcar goles, pero también hacerlo en momentos importantes y complicados. Yo empecé a mejorar como futbolista en los últimos tres años en el Zaragoza, en los que ya tenía una responsabilidad de cara al gol. Marqué muchos 1-0, desatascando partidos bloqueados, y la gente se empezó a identificar conmigo más allá del querer, del esfuerzo y de demostrar que te importa. Hay muchos jugadores que son individualistas, yo nunca pude. Necesitaba mucho al equipo para poder dar mi mejor versión y hacer lo que mejor sabía hacer. Si el equipo no iba por banda yo me moría de hambre.

El Gustavo Poyet entrenador

Tras colgar las botas, Dennis Wise le da la oportunidad, primero en Swindon y después en Leeds, de ser su asistente técnico. En 2007 Poyet regresa al Tottenham de la mano de Juande Ramos, para ser su segundo entrenador, en una plantilla hecha para ganar. Es en White Hart Lane donde coincide con jugadores de la talla de Luka Modric o Dimitar Berbatov, además de otros que empezaban a llamar a la puerta como un jovencísimo Gareth Bale.

Juande Ramos y Poyet en un entrenamiento con el Tottenham. PREMIER LEAGUE

P. Tras sus inicios como asistente junto a Wise, Juande Ramos le da la oportunidad de acompañarle en su aventura en un Tottenham que empezaba a mirar a cotas más altas. ¿Cómo marcó ese equipo su carrera como entrenador?

R. En primer lugar diré que el que quiera entrenar tiene que tener el curso, es fundamental. Yo soy un agradecido tanto a Dennis Wise como a Juande Ramos, porque para lo que yo quería hacer era fundamental ser asistente del entrenador. No hubiera podido hacer lo que hice en Brighton o Sunderland si no hubiera pasado por esas etapas como asistente. Todo se basa en que estás dentro de un club y ves todo sin que tú seas el responsable. Aprendes a gestionar a los jugadores dependiendo de sus reacciones tras decisiones duras. El período como asistente es fundamental y se lo recomiendo a todos que tengan un carácter parecido al mío. En mi caso tuve dos ejemplos muy opuestos: Dennis Wise, un técnico inglés muy directo y clásico, y Juande Ramos, un técnico mucho más latino, más tranquilo y de posesión. Lo del Tottenham fue muy especial… ahí estaba Luka Modric, el mejor jugador al que he entrenado. Verle ahí todos días, las cosas que era capaz de hacer, lo bien que entendía el juego, su balance, la forma de ir para un lado o para el otro… era extraordinario. También tuve a otros grandes jugadores como Berbatov o Gareth Bale antes de ser el Bale que todos conocemos.

Durante su aventura en White Hart Lane, el cuerpo técnico encabezado por Juande Ramos logró el último título oficial, hasta la fecha, del Tottenham: la Copa de la Liga de 2008. Un partido muy especial para Poyet, pues era contra el Chelsea de los Lampard, Terry o Drogba, que empezaba a pelear por la Champions tras la llegada de Roman Abramovich. «En esa final íbamos perdiendo y Juande hizo un cambio ofensivo, que lo informé yo por el tema del inglés. Malbranque, un jugador de ataque, tenía que pasar al lateral izquierdo. El jugador me miraba como si estuviera loco». Un cambio táctico que salió a la perfección, ya que poco después Dimitar Berbatov lograba poner las tablas. Woodgate sentenciaría la final en el minuto 94. «Cuando acabo el partido me acerqué a Juande y le felicité, pero le dije que nunca hubiera hecho ese cambio», reconoce el uruguayo entre risas. La campaña siguiente empezó torcida, y tras un mal arranque, fueron destituidos. «Merecíamos que nos echaran porque habíamos empezado mal. Uno quiere quedarse de por vida, pero cuando las cosas no funcionan hay que aceptarlo», afirma resignado. Asimismo, Poyet reivindica la dificultad de tocar metal, más aún si cabe en Inglaterra, donde «todo el mundo quiere ganar títulos».

La primera experiencia de Poyet como técnico fue en Brighton. BHAFC

Tras estas experiencias como asistente técnico, a Gustavo Poyet se le presentó la oportunidad de dirigir al Brighton, equipo que por aquel entonces disputaba la League One. Tras lograr el ascenso a Championship, el equipo mantuvo su buena dinámica y el proyecto de Poyet logró continuidad. Años después se quedaron a las puertas de la Premier, siendo apeados de las semifinales del play-off por el Crystal Palace. Tras esta eliminación, el cuerpo técnico del preparador uruguayo fue destituido. Sin embargo, tan solo unos meses después, surgió la oportunidad de sus vidas: dirigir en Premier League. Firmaron por un Sunderland colista, condenado al descenso, y tras un año de muchos altibajos, con una final de Copa de la Liga incluida, salvaron la categoría.

P. Hemos conocido a lo largo de toda la entrevista al Poyet futbolista, pero, ¿cómo es el Gus Poyet entrenador?

R. Para mí y para mi equipo técnico el jugador es muy importante. Te diría que primero va el jugador, antes que la pelota. Si el jugador está bien, si está en la posición que puede rendir mejor, si da el máximo posible en cada partido o si está convencido de la idea de juego. Si gestionas estos factores, la mayoría mentales, puedes conseguir que el equipo juegue mejor. Nosotros empezamos por allí, poniendo al jugador en la cancha, tratando que haga lo que mejor sabe hacer la mayor cantidad de tiempo. Es de sentido común, si tienes un jugador que es muy bueno regateando tratarás de darle el mejor contexto para que pueda sacarle provecho. Nosotros también le damos mucha importancia al balón, pero hay que saber diferenciar entre jugar a la pelota y jugar al fútbol. A la pelota jugamos todos, jugar al fútbol es mucho más que eso. Hay una cantidad enorme de aspectos que influencian el fútbol y nuestro trabajo es darle la información al jugador para que entienda esos porqués. Cuando empecé en el Brighton era un convencido del 1-4-4-2 con el que había jugado en el Chelsea, pero a los cuatro meses tuve que cambiar por accidente a un 1-4-3-3. Hicimos un partido extraordinario y decidí seguir con ese dibujo. Si me preguntas por mi sistema de juego favorito te diría ese con algunos matices, pero 1-4-3-3 al fin y al cabo.

El uruguayo dirige durante un partido. BHAFC

P. ¿Algún porqué en especial?

R. Cuando yo empecé a dirigir ya potenciaba la posesión, que es muy importante. Pero no posesión por posesión, eso es una tontería. No me interesa contar los pases. «Hicimos 500 pases y merecíamos ganar». No, eso es una mentira. En aquella época, los mejores equipos del mundo que jugaban con la intención de respetar la pelota jugaban con ese 1-4-3-3, lo que no me parece casualidad. El Barcelona de Guardiola, el Arsenal de Wenger, más tarde el Bayern… Los equipos que potenciaban tener un control del juego lo hacían con ese sistema y eso es porque los espacios están mejor ocupados. No digo que no puedas mantener la pelota con un 1-4-4-2 o con un 1-5-3-2, pero en mi entendimiento del juego, las posiciones en la cancha están mejor distribuidas con ese sistema. En Brighton éramos el equipo que mejor conservaba la posición en esa división, pero manteniendo la misma idea en mi cabeza y las mismas opciones, mi Burdeos, con la misma identidad, no guardaba tanto la posición porque encontrábamos la manera de hacer daño al rival más rápido. En el Brighton teníamos que mover mucho la pelota para encontrar espacios para hacer daño al rival y eso nos llevaba más tiempo. El sistema que tenía y los jugadores que pude traer (Andrea Orlandi, David López, Bruno Saltor…) me permitieron conservar mucho la posición buscando las soluciones. En el Burdeos empezábamos desde el portero con esa idea pero hacíamos tres o cuatro pases y ya hacíamos daño. Si te puedo hacer daño con tres pases te lo hago, pero siempre cuidando la pelota.

P. En su primera experiencia como técnico logra el ascenso con el Brighton. ¿Se notó mucho el salto de League One a Championship?

R. Muchísimo. Para mí la calidad de un jugador de fútbol es técnica, mental, física, de esfuerzo, de actitud, profesionalidad, etc. Todo forma parte de la calidad. Para mí la calidad de un jugador se basa en jugar bien al fútbol. Por eso cuando se pasa de una división a otra mayor se nota tanto la diferencia. Hay equipos que suben y cuando no tienen un sistema muy marcado (como por ejemplo el Leeds de Marcelo Bielsa) sufren, véase Fulham o West Brom. A estos les cuesta más, a pesar de que los ‘Baggies’ pasaban por encima a cualquier conjunto de Championship, porque eran más fuertes que el resto. Ahora en la Premier no lo son tanto, y eso se nota. La diferencia es a todos los niveles. En segunda un lateral no va a tener en dos partidos que enfrentarse a Adama Traoré, y nunca vas a tener que estar tan pendiente de un jugador como Harry Kane, por poner dos ejemplos.

Presentación de Poyet con el Sunderland. PREMIER LEAGUE

P. Tras varios años con los ‘Seagulls’, llega su oportunidad en Premier, en un Sunderland que no atravesaba un buen momento. Tuvo que hacer muchos cambios para lograr la permanencia, e incluso estuvo cerca de levantar un título. ¿Cómo encontró ese Sunderland?

R. A oportunidades como esta uno no puede decir que no. El equipo tenía un punto después de siete partidos. Encontré un equipo con mucha confusión, tuvimos que simplificar mucho la idea, ir muy básico de entrada. Lo básico en el fútbol, lo básico por posición, no complicarlo más. Venían de un periodo de mucha confusión y poco a poco fuimos encontrando la forma. El primer partido lo perdimos, en el segundo ganamos el clásico frente al Newcastle y tras el tercero se empezó a crear la fórmula. Después de una derrota en Hull con nueve jugadores, salimos reforzados, y en los siguientes partidos empezamos a ver la mejoría, por ejemplo, contra el Manchester City de Pellegrini, al que ganamos y a la postre saldría campeón. A partir de ahí fue una cosa de ir pellizcando y subiendo, algo que lleva tiempo porque tus rivales también ganan. Hasta enero no salimos del descenso y conseguimos clasificarnos para la final de copa. Volvimos a meternos últimos porque la gente solo quería jugar aquella final, la cual perdimos frente al City. Salimos destrozados de ese partido y nos costó mucho recuperarnos, pero obramos el milagro de final de temporada y acabamos salvándonos.

P. Esa temporada ganó al Manchester City, al Chelsea en Stamford Bridge, al United en Old Trafford…

R. Faltaban seis partidos y nosotros estábamos últimos a 7 puntos de la salvación. De esos seis encuentros teníamos tres de visitante (City, Chelsea y United). En el primero de ellos, el City nos mete a los tres minutos y acabamos empatando a 2. En ese momento yo estaba destrozado, porque habíamos perdido una oportunidad para llevarnos 3 puntos que valían oro. Nos pusimos a cinco de la salvación, pero teníamos que ir a Stamford Bridge. Mourinho de local en Premier no había perdido nunca, y no te puedo explicar por qué ganamos, pero ganamos. Luego venía el Cardiff de Solskjaer, un partido que estábamos convencidos de que les íbamos a ganar, y les metimos cuatro. Pero después teníamos que ir a Old Trafford, un campo en el que el club llevaba sin ganar en liga cuarenta años, y logramos vencerles por 0-1. Al final nos salvamos con dos partidos por jugar. El equipo había dado todo y más. Ese final de temporada fue momento de mucho orgullo, porque me habían llevado por una razón única, que era salvar al equipo del descenso.

Poyet en el Stadium of Light de Sunderland. PREMIER LEAGUE

P. En su segundo año y, pese a que están fuera de descenso después de 29 jornadas, el Sunderland prescinde de sus servicios. ¿Le dolió ese trato del club después de haberlos salvado la temporada anterior?

R. Las decisiones siempre se toman por alguna razón. Lo que más me dolió del segundo año fue que el equipo ya empezaba a jugar de una manera. Entonces, lo lógico es que si añades características de jugadores para esa idea tienes que mejorar. Ese verano antes de empezar la liga todo lo que hicimos como club no me ayudó en nada, me perjudicó. Lo que más me dolió fue que en el segundo año jugábamos peor. Es una contradicción tremenda, ya que me encontré un grupo de jugadores, que no los elegí yo, y conseguí llegar a jugar de una forma, y cuando tienes que reforzar eso para el segundo año, empeora el equipo. Yo pensaba que me había ganado la posibilidad de tener una influencia mayor en la llegada de determinados jugadores. No quiero decir que los jugadores que vinieron fueran malos, fueron más sus características, en el sentido de que las necesidades del equipo eran muy claras.

Tras varios años en los banquillos ingleses, el entrenador montevideano probó fortuna en otras ligas. Tras una temporada en el AEK de Atenas, le surgió la posibilidad de dirigir en España, al Real Betis, equipo en el que las cosas no fueron como él esperaba. Sin embargo, ahí tuvo la suerte de coincidir con jugadores como Joaquín, al que define como «uno de los tipos que más saben de fútbol con los que he estado». «La gente se queda con los chistes, lo de fuera del campo, pero Joaquín es un jugador que sabe una barbaridad», afirma.

Tras esa breve experiencia, emigró a China, donde estuvo un año al frente del Shanghái Shenhua. Ya de vuelta en Europa, cogió las riendas del Girondins de Burdeos francés, y en tan solo seis meses logró clasificarlo a Europa League. Ese mismo verano, Poyet vivió una experiencia que, como él mismo reconoce, no le desea a ningún otro técnico: «Puedo entender que haya entrenadores a los que le vendan a un jugador a sus espaldas en un día de partido de Europa League y que no digan nada porque quieren mantener su puesto de trabajo, pero yo no podía callarme». Una situación surrealista que acabó con la venta de uno de sus mejores jugadores y su posterior destitución, tras mostrar su desacuerdo con la directiva tras el partido. Desde ese episodio, Poyet no ha vuelto a entrenar, pero no se cierra ninguna puerta siempre y cuando se den unas condiciones lógicas, con gente dispuesta a sumar y un proyecto interesante.